Desde el medievo, en las formas crediticias, la única que tenía ciertas maneras parecidas a las de nuestros tiempos, eran los denominados censos, gravámenes que afectaban a los bienes inmuebles (rústicos o urbanos) que estaban sujetos al pago de un canon o rédito anual en retribución de un capital que se recibía en dinero contante. Para esta actividad financiera y lucrativa, no existían entidades específicas, era la Iglesia, mediante las llamadas obras pías, la que las realizaban y las controlaba, prolongándose en el tiempo; así, a partir de los libros de visita existente en el archivo Parroquial de Colmenar Viejo, podemos determinar que al menos 20 de las obras pías que ya se mencionaban en el Catastro de la Ensenada (1752) continuaban realizando sus funciones durante buena parte del siglo XIX.
El proceso era normalmente sencillo. Una persona al morir establecía en su testamento su deseo de que se celebrasen una serie de misas por la salvación de su alma, y para garantizar que eso se cumplía, creaba un vínculo de una o varias de sus propiedades, que quedaban bajo el control de un administrador de dentro de la Iglesia o muy cercano a ella. En otros muchos casos gentes principales creaban otro tipo de obras pías, como podían ser las capillanías o las fundaciones, que igualmente recibían propiedades rusticas o urbanas, o sumas de dinero importantes. Con esa riqueza, bien fuera de las rentas o de la capitalización, se podían prestar cantidades a particulares o instituciones con los denominados censos. Estas operaciones tenían establecido un capital, un tipo de interés anual, generalmente el 3%, no tenían amortización de capital y por lo tanto tampoco un vencimiento final. La suma total de los 176 que se relación en mi estudio sobre la Desamortización de Madoz en Colmenar Viejo, ascendían 198.038 rs